Aprendí a darme cuenta, que no tenes por qué amarme,
que ese motivo egoísta que siempre me motivó a esperarte
murió el día en que acepté tu despedida.
Aprendí a darme cuenta que no tenes por qué amarme,
que todo lo que algún día sentí por vos no significa nada
ni me hace irrepetible, ni por siempre vulnerable.
Yo viví el día que pude encontrarte
verte, y al mismo tiempo mirarte.
Yo morí el día en que pude decirte adios.
Una pequeña parte de mi, para siempre quedó
La otra, la que me condenaba por siempre dentro de vos.
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